Los documentos que una familia no sabía que debía conservar
Cuando los papeles de una casa terminan convirtiéndose en Historia
Lunes, 7 de septiembre de 2026

Mi padre era un hombre ordenado. Lo era también con sus papeles.
En un mueble de casa tenía lo que hoy, mirándolo con otros ojos, podría llamar su pequeño archivo familiar. Carpetas con documentos administrativos, títulos, asuntos profesionales, papeles bancarios, facturas, cuestiones médicas, estudios de sus hijos, el libro de familia y tantas otras cosas que se guardaban entonces en cualquier casa, cuando casi todo dependía todavía del papel.
Yo curioseé alguna vez aquellas carpetas. No porque buscara nada especial ni porque imaginara que contenían documentos históricos. Eran, sencillamente, los papeles de mi padre. Él mismo los revisaba, los actualizaba y eliminaba aquello que consideraba que ya no tenía utilidad. Nadie podía sospechar que, muchos años después, algunos de aquellos papeles adquirirían un significado completamente distinto.
Recuerdo, por ejemplo, haber tenido en mis manos un documento que el jurista y catedrático de Derecho Penal Luis Jiménez de Asúa había facilitado a mi padre en Madrid durante la Guerra Civil.[1] Tras el asesinato de su padre —mi abuelo Francisco Baena Jiménez—, mi padre se encontraba en una situación de grave peligro.[2] Jiménez de Asúa, que conocía a mi abuelo, le proporcionó aquel escrito para que pudiera identificarse o desenvolverse con alguna seguridad por Madrid.
Yo vi aquel documento muchos años después. Entonces me pareció poco más que un papel antiguo guardado dentro de una carpeta. En casa apenas se hablaba de la guerra. No porque existiera prohibición alguna de hacerlo, sino porque para nosotros aquellas eran cosas de otra época, episodios de un pasado que parecía definitivamente dejado atrás.
Quizá por eso tampoco supe ver entonces la importancia de aquel papel. Lo contemplaba con la curiosidad con que podía mirar cualquier otro documento antiguo de mi padre, sin imaginar que algún día desearía conocer exactamente qué decía, quién lo había firmado y por qué había tenido que llevarlo consigo.
La memoria familiar conservó, además, un episodio que permite comprender para qué podía necesitar aquel documento. No lo conozco únicamente por referencias posteriores: recuerdo habérselo oído contar personalmente a mi padre. En una ocasión fue detenido en Madrid y mostró a quienes lo habían parado el escrito que le había facilitado Jiménez de Asúa. Según relataba, le contestaron que «rezara porque le iban a dar el paseo». Consiguió escapar y acabó refugiándose en la Embajada de Chile.[3]
Lo curioso es que mi padre no relataba aquel episodio con especial dramatismo. Incluso recuerdo que se reía al contar la respuesta que había recibido. Quizá también por eso, muchos años después, cuando tuve aquel documento entre mis manos, no fui capaz de verlo como lo contemplaría hoy. Para mí seguía siendo uno de aquellos papeles antiguos de mi padre, perteneciente a una época de la que en casa apenas se hablaba.
Años después encontré además el episodio recogido por escrito en una carta de uno de sus hermanos.[3] Ese testimonio familiar, como cualquier recuerdo reconstruido con el paso del tiempo, debe ser contrastado en cuanto sea posible con otras fuentes. Pero en este caso venía a recoger por escrito algo que yo ya había escuchado directamente de mi padre.
Hoy no sé dónde está aquel documento.
Algo parecido ocurrió con un trabajo que mi padre realizó años después en la Escuela de Comercio. Recuerdo incluso haberlo leído siendo ya joven. Había permanecido durante años en un cuarto trastero junto a otros papeles y libros. Con el paso del tiempo y después de la muerte de mi padre, terminó desapareciendo, como tantas cosas que una familia deja de conservar porque nadie encuentra ya una razón para hacerlo.
Muchos años después encontré una referencia publicada a aquel trabajo que lo calificaba como una «monografía de improbable lectura».[4] La expresión no dejó de resultarme paradójica: aquella monografía que parecía improbable que alguien hubiera leído, yo recordaba haberla tenido entre mis manos y haberla leído. Pero ya no podía volver a ella para comprobar con precisión su contenido.
Una vez más, quedaba el recuerdo; faltaba el documento.
No puedo presentar hoy ninguno de esos dos documentos.
Y esa circunstancia obliga a establecer una diferencia que considero importante: una cosa es recordar que un documento existió y otra poder demostrar hoy lo que decía.
Mi recuerdo puede formar parte del relato familiar. Puede incluso proporcionar una pista para intentar localizar otras fuentes. Pero no puede sustituir al documento desaparecido.
Otros papeles, afortunadamente, sí sobrevivieron.
Entre ellos está el título de Licenciado en Derecho de mi padre. Lo conservo y lo tengo colgado en la habitación donde trabajo. Nunca tuve duda de que había terminado la carrera. Lo que durante mucho tiempo no supe precisar —porque tampoco había tenido necesidad de hacerlo— era cuándo exactamente había concluido sus estudios.
Fueron las afirmaciones publicadas muchos años después sobre su formación académica las que me llevaron a investigar algo que hasta entonces, para mí, no había constituido ningún problema. Y así llegué a su expediente académico, que permitió establecer documentalmente que había terminado la carrera de Derecho en junio de 1936.[5]
Se produjo entonces una situación difícil de olvidar: mientras leía que apenas habría aprobado «dos o tres asignaturas» de Derecho o encontraba referencias a los denominados «exámenes patrióticos»,[6] bastaba levantar la vista para encontrar en la pared su título de Licenciado en Derecho.
Pero la búsqueda no podía detenerse en lo que conservábamos en casa. Había que acudir a los archivos, reconstruir su trayectoria y comprobar documentalmente aquello que la familia siempre había dado por sabido.
Y buscando fueron apareciendo expedientes académicos, documentación militar y administrativa, registros civiles, archivos eclesiásticos, documentos conservados por particulares y testimonios de personas que todavía podían aportar recuerdos de aquellos años.[7] Algunas cosas confirmaron recuerdos familiares; otras permitieron precisarlos o corregirlos; y también aparecieron datos que nosotros mismos desconocíamos.
Comprendí entonces algo que nunca había pensado que tendría que aprender:
el archivo público acaba, a veces, reconstruyendo el archivo familiar que el tiempo deshizo.
Aunque, en realidad, no sólo el archivo público: también un libro parroquial, una carpeta conservada por un particular, una carta olvidada dentro de un libro o el recuerdo de quien todavía podía contar lo que había vivido podían proporcionar una pista que después había que comprobar.
Y comprendí también algo quizá más importante. Si reclamamos rigor cuando alguien escribe sobre la vida de otra persona, debemos aplicarnos ese mismo rigor cuando hablamos nosotros.
No sería correcto afirmar: «Yo recuerdo aquel documento; por tanto, lo que recuerdo queda demostrado».
No.
Puedo decir que recuerdo haberlo tenido en mis manos. Puedo explicar qué significado tenía en la memoria de mi familia. Puedo buscar otros testimonios y documentos que permitan comprobar aquella historia. Pero, si el original ha desaparecido y no dispongo de una copia, debo decirlo.
La memoria puede señalar un camino; los documentos permiten comprobar hasta dónde conduce.
Quizá por eso resulta tan difícil explicar lo que sucede cuando, décadas después de la muerte de una persona, determinados episodios de su vida empiezan a ser discutidos públicamente. La familia vuelve entonces sobre sus propios recuerdos y comienza a hacerse preguntas que nunca creyó que tendría que formular:
¿Dónde estaba aquel papel? ¿En qué carpeta se guardaba? ¿Quién pudo conservarlo? ¿Qué ocurrió con aquella caja de documentos? ¿Por qué no guardamos aquello?
La respuesta es mucho más sencilla de lo que parece.
Porque no sabíamos que tendríamos que hacerlo.
Aquellas carpetas no se habían formado pensando en historiadores, archivos, libros, controversias ni investigaciones futuras. Eran los documentos que una persona ordenada consideraba necesario conservar para su vida y la de su familia.
Algunos sobrevivieron.
Otros se perdieron.
Y algunos han tenido que ser reconstruidos, muchos años después, siguiendo las huellas que dejaron en archivos, libros, cartas y testimonios que ni siquiera sabíamos que existían.
No sabíamos que aquellos papeles eran Historia. Para nosotros eran solamente la vida de nuestro padre.
Sólo muchos años después descubrimos que alguien iba a pedirles que hablaran.
Y algunos ya no estaban.
Notas y fuentes
[1]
Documento de Luis Jiménez de Asúa.
Testimonio personal del autor de esta entrada. Recuerdo haber visto y tenido en
mis manos el documento que mi padre atribuía a Luis Jiménez de Asúa, así como
haber oído directamente a mi padre relatar el episodio en el que lo mostró al
ser detenido. Actualmente no dispongo del original ni de copia y no he podido
localizarlo. Su existencia y las circunstancias de su entrega aparecen también
referidas en una carta de Francisco Baena Tocón, hermano de Antonio Luis, fechada
en Sevilla el 6 de septiembre de 1994. Al tratarse de un documento actualmente
no localizado, su contenido exacto no se presenta aquí como documentalmente
acreditado.
[2]
Francisco Baena Jiménez.
La muerte de Francisco Baena Jiménez consta por distintas vías documentales. El
Registro Civil de Torrelaguna conserva una inscripción practicada el 17 de
mayo de 1939, por orden del Juez Militar de Torrelaguna, en la que consta
su fallecimiento violento en dicha localidad el 7 de agosto de 1936. La
certificación literal de ese asiento fue expedida por el Registro Civil de
Torrelaguna el 27 de noviembre de 2019.
El Archivo de la Parroquia de Santa María Magdalena de Torrelaguna conserva asimismo un asiento fechado el 11 de abril de 1939, relativo a la inhumación o sepultura eclesiástica de Francisco Baena Jiménez, en el que se recoge igualmente su muerte violenta en Torrelaguna el 7 de agosto de 1936.
A ello se suma la documentación de la Causa General relativa a Torrelaguna conservada en el Archivo Histórico Nacional (AHN, CG, 1510, exp. 3), reproducida también a través del Portal de Archivos Españoles (PARES).
Véase asimismo: Roberto Fernández Suárez y otros, La sierra convulsa. Segunda República, Guerra Civil y Primer Franquismo al Norte de Madrid, 3.ª ed., Círculo Rojo, septiembre de 2016, cuadro 42, p. 257 y ss. ISBN: 978-84-9140-469-9; depósito legal: AL 1442-2016.
[3]
Detención, documento de Jiménez de Asúa y refugio en la Embajada de Chile.
El episodio de la detención y exhibición del documento facilitado por Luis
Jiménez de Asúa procede, en primer término, del testimonio personal del autor
de esta entrada, que recuerda haber oído relatar directamente a Antonio Luis
Baena Tocón la exhibición del escrito y la respuesta de quienes lo habían
detenido. El núcleo del episodio aparece asimismo en la carta de Francisco
Baena Tocón de 6 de septiembre de 1994, donde se relata la entrega del
documento por Jiménez de Asúa y la posterior detención, exhibición del escrito
y amenaza recibida.
La presencia posterior de Antonio Luis Baena Tocón entre los asilados bajo protección chilena cuenta además con una referencia documental independiente. Juan Antonio Ríos Carratalá señala que «la firma de ALBT figura entre los asilados bajo la protección de Carlos Morla Lynch en un documento del 11 de septiembre de 1938» (Nos vemos en Chicote, p. 154, en las tres ediciones consultadas), remitiendo a Morla Lynch (2010, p. 590). Esta última se consigna como referencia indirecta, mientras no se haya comprobado directamente la fuente citada de Morla Lynch.
[4]
«Monografía de improbable lectura».
Juan Antonio Ríos Carratalá, Nos vemos en Chicote, p. 153 de las tres
ediciones consultadas, califica como «monografía de improbable lectura» el
trabajo de Antonio Luis Baena Tocón Consideraciones sobre el plan de
desarrollo con referencia a la Administración Local (Madrid, Instituto de
Estudios de Administración Local, 1965). La afirmación de haber tenido
personalmente ese trabajo entre mis manos y haberlo leído corresponde al
recuerdo del autor de esta entrada. El ejemplar familiar no ha podido ser
localizado.
[5]
Licenciatura en Derecho.
Universidad Central/Universidad de Madrid, Facultad de Derecho, «Expediente
académico para la expedición del Título provisional de Licenciado» de Antonio
Luis Baena Tocón. El expediente conserva la relación de asignaturas
cursadas y aprobadas durante la Licenciatura, con indicación de cursos,
universidades, convocatorias y calificaciones. La documentación académica
permite reconstruir su trayectoria hasta la conclusión de los estudios de
Derecho en junio de 1936.
En 1940 Antonio Luis Baena Tocón solicitó la expedición del título provisional de Licenciado, haciendo constar que había «terminado todos los estudios» requeridos para obtenerlo. La portada del expediente identifica expresamente la tramitación como «Expediente académico para la expedición del Título provisional de Licenciado» a su favor. El título de Licenciado en Derecho se conserva actualmente en el archivo familiar.
[6] «Dos o
tres asignaturas» y «exámenes patrióticos».
Juan Antonio Ríos Carratalá, Nos vemos en Chicote, p. 151,
afirma, en las tres ediciones consultadas, que Antonio Luis Baena Tocón sólo
habría aprobado «dos o tres asignaturas» de Derecho. En la p. 152 de
esas mismas ediciones aparece asimismo la referencia a los denominados
«exámenes patrióticos». Estas afirmaciones fueron posteriormente contrastadas
con el expediente académico oficial, que contiene la relación de las
asignaturas cursadas y aprobadas.
[7] Fuentes
utilizadas en la reconstrucción.
La investigación realizada posteriormente no se ha limitado a documentación
conservada por la familia. Se han consultado, entre otras fuentes, expedientes
académicos; archivos y documentación militar; documentación administrativa;
registros civiles; documentación del Archivo Histórico Nacional y del Portal de
Archivos Españoles (PARES); archivos eclesiásticos; documentación conservada
por particulares; y testimonios orales de personas que pudieron aportar
recuerdos o información sobre determinados acontecimientos.
La naturaleza y el valor probatorio de esas fuentes no se consideran equivalentes: sus datos se han contrastado, siempre que ha sido posible, con documentación independiente.
Nota sobre las fuentes
En esta entrada se distinguen deliberadamente los recuerdos personales, los testimonios familiares y los hechos respaldados por documentación conservada. Cuando un documento mencionado no ha podido ser localizado, se indica expresamente. Del mismo modo, un testimonio familiar puede proporcionar información valiosa y orientar una investigación, pero no se utiliza como sustituto de una fuente documental cuando ésta resulta necesaria.
La memoria puede señalar un camino; los documentos permiten comprobar hasta dónde conduce.