LAS CINCO VIDA INVENTADAS DE ANTONIO LUIS BAENA TOCÓN (II)

16.06.2026

Cinco derechos para una persona real.

Cómo una persona acaba convirtiéndose en un personaje.


Segunda entrega

El falso abogado


Cómo una duda acaba convirtiéndose en un personaje

Durante estos años ha habido una situación que siempre me ha llamado especialmente la atención.

En más de una ocasión, personas que habían conocido a mi padre me han preguntado con cierta sorpresa si era verdad que no había sido abogado. Recientemente, un secretario municipal jubilado de una localidad cordobesa y residente en Jerez, que conoció a mi padre, me mostraba su sorpresa ante algunas de estas afirmaciones. Aunque no albergaba ninguna duda sobre la realidad de los hechos, especialmente en lo relativo a la titulación de mi padre, me hizo comprender hasta qué punto determinadas ideas habían conseguido difundirse."

La primera vez que ocurrió me quedé desconcertado, sorprendido, pues...

Siempre supe que mi padre había sido abogado. Perteneció a un Colegio de Abogados. Pagó sus cuotas durante años. Determinados puestos de trabajo que desempeñó en la Administración Local exigían esa formación. Y, como recuerdo familiar, todavía hoy conservo en mi estudio el título que acredita aquellos estudios.

Pensé que se trataba de un simple malentendido. Después comprendí que aquellas preguntas no surgían espontáneamente. Eran el resultado de un relato construido durante años y difundido por quien había decidido convertir aquella duda, en lugar de investigarla, en una pieza importante de su interpretación.

Rápidamente descubrí que la cuestión era mucho más profunda. No se trataba simplemente de determinar si Antonio Luis Baena Tocón había terminado sus estudios de Derecho.

Se trataba de proyectar una duda sobre toda su vida profesional y, lo que es peor, en poco tiempo comprendí que aquella falta de formación no era una simple conclusión histórica. Era una necesidad del propio relato. Resultaba imprescindible para que mi padre encajara en el personaje previamente diseñado y las características que se le habían asignado a un grupo de personas: funcionarios sin formación que querían progresar en sus puestos de trabajo con ascensos meteóricos y sueldos jugosos a cambio de ofrecerse voluntarios para ejercer represión al servicio del Régimen franquista.

La imagen que poco a poco se iba transmitiendo era sencilla.

Un hombre que carecía de la formación necesaria. Alguien que era funcionario y se hacía pasar por abogado, una persona que ocupaba puestos de responsabilidad sin la preparación adecuada. (Un trepa al estilo de los que hoy tanto abundan en la vida política…) Y, a partir de ahí, el resto del relato comenzaba a construirse con relativa facilidad.

Si no tenía formación suficiente, los cargos que desempeñó podían resultar sospechosos.

Los destinos que ocupó podían interpretarse como favores.

Los ascensos podían explicarse por razones políticas.

Los méritos profesionales podían convertirse en recompensas ideológicas.

Aquella duda inicial terminaba proyectándose sobre toda una biografía.

Con el paso del tiempo observé otro fenómeno curioso.

La explicación iba cambiando. En ocasiones parecía que no había hecho la licenciatura de Derecho.

En otras se hablaba de dos o tres asignaturas aprobadas. Más tarde, algunos cursos… Más adelante surgían nuevas interpretaciones y nuevos argumentos destinados a sostener la misma conclusión inicial. Las formulaciones cambiaban. La conclusión permanecía.

Más adelante surgían nuevas interpretaciones y nuevos argumentos destinados a sostener la misma conclusión inicial.

La impresión que producía todo aquello era extraña.

Parecía que el problema no consistía en averiguar qué había ocurrido realmente. El problema era mantener vivo el personaje.

Y entonces comprendí algo que ya intuía: Mi padre no era únicamente el supuesto funcionario de la primera entrega de esta serie. Tampoco era simplemente el supuesto abogado de ésta.

Las distintas piezas comenzaban a encajar entre sí:

Un funcionario antes de serlo.

Un jurista sin estudios suficientes para serlo.

Un hombre que habría prosperado gracias a una supuesta adhesión política.

Un beneficiario del sistema.

Un engranaje más de una maquinaria represiva.

La construcción resultaba coherente, pero sólo si todas las piezas permanecían en su sitio. Bastaba retirar una de ellas para que el edificio comenzara a tambalearse.

Quizá por eso me llamó especialmente la atención comprobar que existían documentos capaces de aportar respuestas bastante sencillas a muchas de aquellas dudas:

Archivos.

Expedientes.

Requisitos profesionales.

Destinos administrativos.

Toda una trayectoria desarrollada durante décadas en puestos cuya responsabilidad exigía conocimientos jurídicos.

Naturalmente, cualquier investigador puede cometer errores. Ninguna investigación está libre de ellos.

Lo que resulta más difícil de entender es la resistencia a revisar determinadas conclusiones cuando aparecen nuevos datos o nuevas evidencias. Rectificar nunca ha sido una derrota intelectual. Al contrario, forma parte del propio trabajo de investigar.

Durante estos diez años he aprendido una lección inesperada.

Lo más difícil no ha sido localizar documentos.

Lo más complicado ha sido comprobar hasta qué punto una duda puede sobrevivir a las pruebas que la contradicen.

Quizá porque las personas reales son complejas. Y los personajes resultan mucho más sencillos.

Mi padre no fue un personaje, ni necesitó inventarse una biografía. La suya ya existía. No fue una caricatura. no fue un símbolo político.

Fue una persona, con aciertos y errores, con circunstancias extraordinariamente difíciles que le tocó vivir, con una biografía documentable. Y creo que esa biografía merece ser estudiada con el mismo rigor que cualquier otra.

Esta segunda entrega no pretende pedir privilegios para nadie. Tampoco pretende sustituir un relato por otro. Sólo plantea una pregunta.

¿Qué ocurre cuando una duda inicial acaba proyectándose sobre toda una vida?

Y, sobre todo, ¿qué sucede cuando esa duda continúa circulando durante años mientras los documentos esperan pacientemente a que alguien quiera escucharlos?

Quizá cada lector tenga su propia respuesta. La mía es bastante sencilla:

La historia necesita investigadores, necesita archivos, necesita debate, pero también necesita una virtud que a veces parece escasa:

La humildad de aceptar que los documentos pueden contar una historia diferente de la que esperábamos encontrar.

Porque estudiar el pasado es una tarea apasionante, pero construir personajes a costa de personas reales es una responsabilidad demasiado grande para tomársela a la ligera.

Y, después de diez años, creo que la pregunta ya no es si mi padre fue abogado.

La verdadera pregunta es otra.

¿Por qué resultaba tan necesario convertirlo en el falso abogado del relato?

"Las personas reales merecen algo más que personajes de ficción construidos sobre sus vidas."
"Antes que personajes de un relato, nuestros padres y nuestros abuelos fueron personas reales."
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