LA GUERRA CIVIL NO PUEDE SER UN ARMA DE PARTIDO
La Guerra Civil no puede ser un arma de partido
Pedro Corral, Muñoz Seca y el sectarismo selectivo de la memoria
Jueves 21 de mayo de 2026
Hay frases que, dichas con serenidad, terminan retratando un problema mucho más amplio que el asunto concreto del que se está hablando.
Eso ocurre con una reflexión reciente de Pedro Corral en una entrevista sobre Pedro Muñoz Seca y la Guerra Civil española:
"La Guerra Civil está para los estudiosos, para los aficionados, para quienes sienten pasión por comprenderla. Hay que apartarla de la utilización partidista, interesada, cortoplacista y oportunista".
La frase puede parecer evidente.
Pero en la España actual casi se ha convertido en una provocación.
Porque desde hace años la Guerra Civil ya no se utiliza solamente
para estudiar el pasado:
se utiliza también para organizar
moralmente el presente.
Y ahí aparece el verdadero problema.

Cuando la Historia deja de buscar comprensión y empieza a buscar culpables
Toda sociedad necesita estudiar su pasado.
Y la Guerra Civil española sigue siendo una herida histórica enorme:
por su violencia,
por su complejidad,
por sus represiones cruzadas,
y por el sufrimiento acumulado durante generaciones enteras.
El problema no es investigarla.
El problema aparece cuando el estudio histórico deja paso a un mecanismo mucho más simple:
dividir moralmente el pasado,
repartir etiquetas absolutas,
fabricar héroes incontestables,
y construir culpables retrospectivos fácilmente reconocibles.
Entonces la Historia deja de ser investigación.
Y empieza a
convertirse en herramienta ideológica.
Las víctimas incómodas
La figura de Pedro Muñoz Seca resulta especialmente incómoda para determinados relatos simplificados.
Porque obliga a recordar algo que algunos preferirían mantener
siempre en segundo plano:
que la barbarie no fue patrimonio
exclusivo de un solo bando.
Y esto debería ser perfectamente asumible por cualquier historiador serio.
Reconocer:
asesinatos republicanos,
persecuciones,
checas,
sacas,
o Paracuellos,
no convierte automáticamente a nadie en franquista.
Del mismo modo que estudiar:
represiones franquistas,
consejos de guerra,
cárceles,
depuraciones,
o ejecuciones,
no convierte automáticamente a nadie en comunista.
Y, sin embargo, en la España contemporánea parece que muchos siguen necesitando dividir el pasado en bloques morales rígidos:
víctimas legítimas,
víctimas incómodas,
memorias oficiales,
y memorias sospechosas.
El problema del sectarismo selectivo
Quizá uno de los mayores problemas actuales no sea el olvido de la Historia.
Quizá sea su utilización selectiva.
Porque determinadas tragedias:
se amplifican,
se institucionalizan,
se convierten en símbolo nacional,
y generan enorme sensibilidad pública.
Mientras otras:
se relativizan,
se silencian,
o directamente incomodan.
Y eso termina generando algo peligrosísimo:
una memoria
jerarquizada.
Como si el sufrimiento humano necesitara carnet ideológico previo para merecer respeto.
Cuando la Guerra Civil se convierte en herramienta política
Aquí es donde la reflexión de Pedro Corral adquiere verdadera importancia.
Porque hoy la Guerra Civil aparece constantemente:
en debates parlamentarios,
campañas políticas,
medios de comunicación,
universidades,
redes sociales,
e incluso productos culturales contemporáneos.
No siempre para comprender mejor el pasado.
Muchas veces para
legitimar posiciones presentes.
Y eso termina provocando algo profundamente dañino:
la
reducción de personas reales y contextos complejos a simples
símbolos ideológicos.
El caso de Antonio Luis Baena Tocón
Ahí es precisamente donde conecta mi caso personal.
Porque durante años he visto cómo la figura de Antonio Luis Baena Tocón ha sido absorbida por determinados marcos narrativos contemporáneos.
No como persona concreta:
con contexto,
limitaciones,
circunstancias históricas,
funciones reales,
y complejidades documentales.
Sino como pieza útil dentro de un relato moral ya prefabricado.
Y ahí aparecen:
insinuaciones,
asociaciones emocionales,
responsabilidades amplificadas,
expresiones ambiguas,
y construcciones narrativas donde el matiz desaparece.
No hacía falta afirmar determinadas cosas de manera literal.
Bastaba construir la atmósfera adecuada.
Después llegarían:
entrevistas,
artículos,
titulares,
comentarios académicos,
ecos mediáticos,
y reproducciones constantes de una determinada percepción pública.
Y cuando alguien cuestiona documentalmente esas
construcciones,
aparece entonces el repliegue habitual:
"yo no he dicho eso",
"usted lo interpreta así",
"yo sólo reproduzco documentos".
La moral variable de las palabras
Resulta además llamativo comprobar cómo determinadas expresiones cambian completamente de carga moral según el destinatario.
Hay colaboraciones familiares que se presentan —lógicamente— como motivo de orgullo y afecto.
Y probablemente lo sean.
Pero en otros contextos históricos la expresión "colaborador necesario" adquiere de pronto una enorme carga acusatoria y moralizante.
Ahí es donde uno comprende que las palabras nunca son neutrales.
Dependiendo del marco ideológico:
unas veces humanizan,
y otras veces condenan.
El doble rasero judicial
Algo parecido ocurre con determinadas resoluciones judiciales.
Parece existir un curioso criterio selectivo:
si la resolución favorece un determinado relato ideológico,
entonces la democracia funciona admirablemente;si resulta incómoda,
aparecen enseguida referencias a:jueces de otros tiempos,
inercias heredadas,
mentalidades franquistas,
o decisiones impropias de una democracia moderna.
Y eso plantea una cuestión inquietante.
Porque la independencia judicial no puede convertirse en un principio condicionado a que las sentencias coincidan con nuestras preferencias ideológicas.
De lo contrario:
el juez "demócrata" sería únicamente quien falla como esperamos;
y el juez sospechoso sería simplemente quien no lo hace.
La memoria no debería servir para fabricar enemigos
Tal vez el mayor peligro actual no sea olvidar la Guerra Civil.
Tal vez el verdadero peligro sea utilizarla constantemente como arma política contemporánea.
Porque entonces:
la memoria deja de buscar comprensión,
el matiz desaparece,
las complejidades molestan,
y las personas reales quedan reducidas a caricaturas morales útiles para el presente.
Y eso termina generando algo profundamente injusto:
que
hijos, nietos y familias enteras tengan que dedicar años de su vida
a defenderse de relatos construidos desde la simplificación
ideológica.
Conclusión
La Guerra Civil española merece estudio, rigor y memoria.
Pero no debería convertirse en una herramienta permanente de división moral contemporánea.
Porque cuando la Historia deja de servir para comprender y empieza
a utilizarse para señalar,
ya no estamos ante memoria
democrática.
Estamos ante otra cosa:
una reinterpretación selectiva del
pasado donde las víctimas, las culpas y hasta la legitimidad moral
parecen depender demasiado de quién controle el relato.