ESTAMPA 9: UN DOMINGO CUALQUIERA

07.07.2026

ESTAMPA 9: Un domingo cualquiera

Serie Mi padre, sin etiquetas

"Pequeñas historias de una vida corriente. Porque una persona no cabe dentro de una etiqueta."

Así era la felicidad antes de que supiéramos llamarla así.


Si alguien me preguntara hoy cómo era mi padre, probablemente no empezaría describiéndolo a él.

Empezaría describiendo uno de aquellos domingos cualquiera.

Porque, sin darnos cuenta, los domingos terminaban retratando a toda la familia.

El día comenzaba sin prisas, aunque tampoco demasiado tarde.

Mi padre se aseaba exactamente igual que cualquier otro día. Siempre fue muy cuidadoso con su higiene personal y procuraba no entretenerse demasiado, porque el cuarto de baño tenía más usuarios esperando turno.

Después llegaba el desayuno.

Y, casi siempre, la Misa.

Durante muchos años acudimos a la iglesia de San Hipólito, en Córdoba, regentada por los jesuitas. Formaba parte de nuestra vida con la misma naturalidad con que después vendría el paseo o la comida familiar.

Al salir había una parada obligada: la Avenida de la Victoria. Nunca la conocimos por otro nombre (hoy tampoco). Allí, en el quiosco de Puerta Gallegos, mi padre compraba el periódico para él... y los tebeos para nosotros. Todos salíamos ganando.

Después cruzábamos hasta el templete donde tocaba la Banda Municipal.

Mientras él abría cuidadosamente el periódico, nosotros corríamos por los jardines, escuchábamos la música sin darnos demasiada cuenta o jugábamos alrededor del paseo. 

Bar Córdoba Jardín. Fuente: Internet
Bar Córdoba Jardín. Fuente: Internet

Si mi madre nos acompañaba, alguna vez nos sentábamos un rato en Córdoba Jardín. El dueño, o quien regentaba entonces aquel establecimiento, era amigo de mi padre. Años después, curiosamente, serían sus hijos quienes terminarían siendo amigos míos, sin que nadie hubiera tenido que presentarnos.

La vida tiene esas pequeñas vueltas que sólo se entienden con el paso del tiempo.

Otros domingos cambiábamos la ciudad por la sierra, adonde a mi padre le encantaba ir.

Cogíamos el autobús que nos dejaba lo más arriba posible y desde allí comenzábamos una caminata que hoy probablemente muchos considerarían demasiado larga. A nosotros nos parecía completamente normal.

En algún descanso mi padre volvía a abrir el periódico. Todavía sonrío al recordarlo.

Mientras otros descansaban simplemente contemplando el paisaje, él aprovechaba unos minutos para seguir leyendo.

Al regresar había otra pequeña ceremonia: limpiar los zapatos.

Entonces no existían las zapatillas deportivas para todo, y mucho menos para tanta gente. Cada calzado tenía su momento y también sus cuidados.

Si habíamos pasado por caminos embarrados, mi padre tenía un remedio casero que nunca olvidé. Cogía una cáscara de tomate y frotaba con ella el barro seco hasta desprender buena parte de la suciedad. A mí me parecía casi un truco de magia.

Limpiabotas en C/ José Zorrilla. Foto de Gregorio Velasco Arias
Limpiabotas en C/ José Zorrilla. Foto de Gregorio Velasco Arias

Pero algunas veces prefería hacer otra cosa.

Nos acercábamos hasta la calle Zorrilla.

En el tramo más próximo a San Nicolás solían colocarse varios limpiabotas. Muchos eran hombres con alguna discapacidad. Con el paso de los años comprendí que bastantes de ellos habían quedado así durante la guerra, aunque entonces ese era uno de tantos asuntos sobre los que apenas se hablaba.

Mi padre conocía a algunos por su nombre. Se saludaban con afecto, intercambiaban unas palabras y les dejaba limpiar sus zapatos. A nosotros aquella escena nos parecía completamente normal. Nunca nos explicó por qué mostraba hacia ellos una simpatía tan especial.

La respuesta tardó muchos años en llegar.

Fue un primo hermano quien me la contó. Su madre, hermana de mi padre, había educado a sus hijos repitiéndoles que jamás debían despreciar a una persona por su oficio, por su situación económica o por su condición social. Y, para que nunca lo olvidaran, les hablaba de un limpiabotas cojo.

Según el relato que mi primo había escuchado de labios de su propia madre —y que ella, a su vez, conocía por mi padre—, antes de la guerra aquel hombre le había limpiado alguna vez los zapatos cuando acudía a la Universidad.

Siempre según ese relato familiar, era comunista y, durante los primeros meses de la guerra, tenía cierta influencia en una de las checas por las que pasó mi padre.

Al verlo detenido preguntó qué hacía allí aquel muchacho.

Cuando supo quién era, respondió con toda naturalidad:

—¿Antonio Luis? Soltadlo inmediatamente. Es una buena persona, es un buen chaval..

Y, probablemente, cambiaron una vida.

Mis hermanos pequeños conocieron esta historia por boca de mis propios padres .. Yo me independicé pronto y no llegué a escucharla en casa. La descubrí muchos años después gracias al relato de mi primo.

Entonces comprendí muchas cosas.

Comprendí por qué mi padre nunca hablaba con desprecio de nadie.

Comprendí por qué saludaba con tanto respeto a aquellos limpiabotas.

Y comprendí también que la gratitud puede durar toda una vida sin necesidad de pronunciar una sola palabra.

La comida reunía a toda la familia.

Mi madre cocinaba de maravilla. No necesitaba que fuera domingo para preparar algo especial.

Convertía cualquier plato sencillo en un motivo para disfrutar de la mesa.

Los cocidos.

Las alcachofas rellenas. Los huevos rellenos.

La ensaladilla rusa.

Los cardos esparragaos.

Los gazpachos, el salmorejo y la ensalada de naranjas con bacalao.

Los postres hechos con sus propias manos cuando llegaba un cumpleaños.

Las torrijas y los roscos de Semana Santa. El arroz con leche que tanto gustaba a mi padre.

Y aquella curiosidad permanente por aprender recetas nuevas cada vez que probaba algo que le gustaba fuera de casa.

No recuerdo grandes sobremesas. No hacían falta. Las conversaciones ya habían acompañado la comida y, unas horas después, llegaría el café de la tarde, que tenía vida propia.

Después de comer, mi padre casi siempre caía rendido. Cuando éramos pequeños se acostaba un rato. Más adelante bastaba el sillón del salón. Alguna cabezada. Un libro o un periódico. Y unas gafas descansando sobre las páginas hasta que despertaba.

Por la tarde todavía quedaba tiempo para pasear.

Caminar era una costumbre. No un deporte.

Se caminaba porque sí.

Porque era agradable.

Porque permitía hablar.

Porque ayudaba a pensar.

Recuerdo muchas conversaciones de aquellos paseos. Algunas las comprendí años después.

Me hablaba del futuro de España cuando todavía nadie sabía muy bien cómo sería.

Del entonces príncipe don Juan Carlos y de las esperanzas que muchos depositaban en una transición pacífica.

Del tabaco.

De la importancia de estudiar.

Del respeto hacia quien pensaba de otra manera.

Nunca pretendía imponerme sus ideas.

Intentaba enseñarme a razonar.

En casa no hubo televisión desde el primer momento.

Mis padres prefirieron esperar a comprarla antes que aceptar una que alguien pretendía regalar con la evidente intención de obtener un trato de favor.

Entonces yo era demasiado pequeño para comprenderlo.

Hoy sé que aquella decisión decía mucho más de ellos que cualquier discurso sobre la honradez.

Y así terminaban aquellos domingos.

Sin grandes acontecimientos.

Sin restaurantes.

Sin centros comerciales.

Sin prisas.

Sin fotografías pensadas para publicarse.

Sólo una familia viviendo un día cualquiera y preparándose para el día siguiente.

Con los años he comprendido que aquellos domingos eran extraordinarios precisamente porque nadie intentaba convertirlos en algo extraordinario.

La felicidad no hacía ruido.

Tenía forma de paseo.

De periódico.

De tebeo.

De una banda municipal tocando en un templete.

De una madre cocinando.

De un padre leyendo mientras los hijos corrían por un jardín.

Y también tenía la forma de una gratitud silenciosa que nunca necesitó explicaciones.

Quizá por eso, cuando alguien me pregunta cómo era realmente Antonio Luis Baena Tocón, no suelo responder con fechas, cargos o documentos.

Prefiero contar un domingo cualquiera.

Porque hay vidas que se comprenden mucho mejor a través de un paseo familiar que de cualquier etiqueta.

Y porque, a veces, la verdad de una persona no está en los grandes acontecimientos de su biografía.

Está escondida en la manera tranquila con la que vivía los días más normales de su vida.

Share