ESTAMPA 13: LA SONRISA DE LA CALVICIE

11.07.2026

ESTAMPA 13: La sonrisa de la calvicie

Serie: Mi padre, sin etiquetas.

"Pequeñas historias de una vida corriente. Porque una persona nunca cabe dentro de una etiqueta". 


Yo estaba preparando las oposiciones de Magisterio.

Como tantos opositores, había días en que el cansancio y la incertidumbre pesaban más que los libros. Además, empezaban a aparecerme unas entradas en el cabello, siendo muy joven. Mi padre debió de darse cuenta. Se acercó despacio.

Me miró fijamente. Sonrió.

Y, con toda naturalidad, me dijo:

—Hijo, tú eres muy joven. Hoy en día hay muchos remedios para el cabello. Ve al dermatólogo. Porque yo me quedé calvo muy joven.

Volvió a sonreír. Y no añadió una sola palabra más.

La conversación terminó allí. Yo nunca le pregunté por qué. Ni él sintió la necesidad de explicarlo.

Durante muchos años pensé que aquella calvicie era simplemente una cuestión de herencia o de mala suerte.

No le di más importancia.

Hasta que, mucho tiempo después de su muerte, mientras intentaba reconstruir la verdadera historia de mi padre entre documentos, archivos y recuerdos familiares, apareció una confidencia que me dejó profundamente impresionado.

Una de mis primas me contó algo que había oído muchas veces en casa.

Mi abuela y también una hermana de mi padre, repetían con tristeza la misma frase:

—¡Qué pena de mi hijo!... - ¡Qué penita de mi hermano!... ¡Con el pelo tan bonito que tenía!

Entonces supe lo que nunca él me había contado.

En 1939, después del asesinato de mi abuelo, mi padre tuvo que acudir a recuperar sus restos de la fosa común donde habían sido arrojados, junto a los de otros desgraciados.

El cuerpo estaba ya en avanzado estado de descomposición. Lo reconoció por la ropa que llevaba. Después pudo darle cristiana sepultura.

Aquél fue uno de los últimos deberes que cumplió con su padre antes de incorporarse al servicio militar que todavía tenía pendiente.

Según recordaban su madre y sus hermanas, la impresión fue tan enorme que comenzó a perder el pelo a mechones.

No sé si la medicina puede explicar con exactitud lo que ocurrió.

Lo que sí sé es que ellas nunca olvidaron aquel episodio.

Y él nunca habló de él.

Entonces comprendí también aquella conversación que habíamos tenido años atrás.

Cuando me animó a visitar a un dermatólogo no estaba hablando de sí mismo.

Estaba intentando evitar que yo me preocupara por algo que para él ya carecía de importancia.

Me regaló una sonrisa.

Y escondió detrás de ella una de las heridas más profundas de su juventud.

Nunca utilizó aquel sufrimiento para despertar compasión.

Nunca lo convirtió en un argumento.

Nunca buscó que nadie sintiera lástima por él.

Simplemente siguió viviendo.

Con una serenidad que sólo muchos años después fui capaz de entender.

Hoy, cuando recuerdo aquella conversación, ya no veo únicamente a un padre bromeando sobre su calvicie.

Veo a un hijo que había aprendido a convivir con un dolor inmenso sin permitir que ese dolor definiera toda su vida, ni afectara a la de los demás..

Y comprendo que la mayor herencia que recibí de él no fue una forma de peinarse.

Fue una forma de afrontar las cicatrices.

Con dignidad.

Con serenidad.

Y, siempre que fuera posible...

Con una sonrisa.

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