EL LABERINTO DEL RELATO

13.06.2026

El laberinto del relato

Lo que una película me hizo pensar sobre mi padre


Jerez, 13 de junio de 2026. Día de San Antonio.

Nota del autor

Este artículo nació tras ver la película alemana La conspiración del silencio (2014)(*), dirigida por Giulio Ricciarelli y basada en las investigaciones que condujeron a los Juicios de Auschwitz. No pretende establecer paralelismos entre acontecimientos históricos de muy distinta naturaleza ni equiparar responsabilidades históricas. La reflexión que me inspiró es otra: cómo se construyen los relatos públicos sobre personas reales y la responsabilidad moral de quienes los construyen y/o contribuyen a formarlos, especialmente cuando esos relatos acaban trascendiendo el ámbito académico y llegan a la sociedad.


Lo que una película me hizo pensar sobre mi padre

Anoche vi una película basada en hechos reales: La conspiración del silencio. No pretendo hacer una crítica cinematográfica ni establecer comparaciones entre episodios históricos de naturaleza muy distinta. Cada tiempo y cada tragedia tienen su contexto y merecen ser analizados con rigor.

Sin embargo, hubo algo en aquella historia que me acompañó durante toda la proyección y que, inevitablemente, me hizo pensar en mi padre, Antonio Luis Baena Tocón.

La película plantea una cuestión que va mucho más allá de los hechos que narra. Invita a preguntarse qué ocurre cuando una persona real acaba convirtiéndose en un personaje de un relato.

Las personas suelen ser complejas:

Tienen una familia, un pasado, circunstancias que no eligieron, aciertos y errores, obligaciones y limitaciones.

Los personajes, en cambio, resultan mucho más cómodos. Cumplen una función dentro de una historia. Representan una idea. Ayudan a construir un argumento.

Mientras veía la película pensé que, a veces, la historia corre el riesgo de preferir los personajes a las personas.

Una etiqueta resulta más sencilla que una biografía. Un adjetivo puede sustituir a una investigación. Y una frase repetida muchas veces puede terminar pareciendo una verdad demostrada.

En estos últimos años he tenido ocasión de comprobarlo muy de cerca.

Mi padre fue un joven que sufrió el asesinato de su padre durante la Guerra Civil. Vivió el miedo, la persecución y el desarraigo. Pasó por el exilio. Regresó a España y tuvo que cumplir el servicio militar obligatorio. Fue destinado al Cuerpo Jurídico Militar como secretario adscrito a un juzgado. Más tarde abandonó la milicia y desarrolló una larga vida profesional en la Administración civil.

Esa es su biografía.

Una biografía que, como tantas otras, está formada por documentos, fechas, circunstancias y decisiones condicionadas por una época extraordinariamente difícil.

Sin embargo, en determinados relatos esa complejidad desaparece. Queda una imagen mucho más simple: El "militar", el "franquista", el "secretario de un consejo de guerra"...

Y, a partir de ahí, se van añadiendo responsabilidades, intenciones y capacidades de decisión que no siempre encuentran el mismo respaldo en los documentos.

Quizá sea una tentación humana. Los relatos necesitan personajes fácilmente reconocibles: Los héroes, los villanos, los culpables, los cómplices...

Pero la historia, como la justicia, debería desconfiar de las simplificaciones.

Los documentos existen precisamente para impedir que la imaginación ocupe el lugar de los hechos.

Un documento puede decir dónde estaba una persona, qué cargo ocupaba, cuáles eran sus funciones, qué podía decidir, qué no estaba en sus manos, qué firmó, qué no firmó.

Después llega el trabajo del historiador: Interpretar de manera objetiva tras contrastar, relacionar, contextualizar. Es una tarea necesaria y valiosa.

Pero interpretar no debería significar completar los silencios con aquello que mejor encaje en una determinada tesis o relato.

Mientras veía la película hubo otra reflexión que me llamó especialmente la atención.

No sólo importa la verdad. Importa también el camino que sigue la verdad, o aquello que se presenta como tal. En mi caso, esta reflexión tiene un origen concreto.

La imagen pública que hoy muchas personas tienen de mi padre no surgió espontáneamente. Nació de publicaciones, artículos, entrevistas y trabajos académicos realizados por el catedrático Juan Antonio Ríos Carratalá y fue ampliándose posteriormente a través de medios de comunicación, redes sociales, comentarios y nuevas publicaciones del mismo y de terceros.

No todos ellos acudieron a los documentos originales.

Muchos confiaron en la autoridad de quien construía el relato.

¿Es comprensible?. La sociedad funciona así.

Confiamos en profesores, investigadores, periodistas y especialistas para acercarnos a asuntos complejos.

Precisamente por eso, la responsabilidad de quien inicia un relato es especialmente importante.

Una afirmación académica rara vez permanece encerrada entre las páginas de un libro. Puede convertirse en un titular. Después en una entrevista. Más tarde en una noticia. Luego en una publicación en redes sociales. Finalmente, acaba formando parte de una especie de verdad aceptada por personas que jamás han tenido acceso a los documentos originales.

Es el viaje de las palabras.

Y durante ese viaje pueden perderse los matices. Puede olvidarse el contexto. Puede difuminarse la diferencia entre un hecho probado y una interpretación. Incluso puede terminar construyéndose un personaje que sustituya a la persona real.

No escribo estas líneas para pedir privilegios para mi familia. Tampoco para negar el derecho a la investigación histórica; al contrario: Creo en el estudio de los archivos, creo en la libertad de investigación, creo en el debate académico. Y creo que la historia debe seguir haciéndose sin miedo (Todo ello muy en contra de lo que intencionadamente se ha dicho sobre mí para desacreditarme).

Pero también creo que quienes aparecen en esos documentos fueron personas reales: Con padres, con hijos, con nietos, con familias, con una dignidad que merece el mismo respeto que cualquier otra.

Quizá esa sea la principal reflexión que me dejó la película.

Las sociedades necesitan conocer su pasado, pero conocerlo no debería significar fabricar personajes a costa de las personas.

Mi padre no fue un símbolo. No fue un eslogan. No fue una caricatura. Fue una persona.

Y como cualquier otra persona merece que su historia se cuente con el mayor respeto posible hacia los hechos y no se vea ficcionada a gusto de un relato ideológico.

La película me hizo pensar también en otra cuestión: Los relatos tienen consecuencias y también las tienen los relatos históricos:

Quien los inicia quizá no pueda controlar todo lo que otros dirán después, pero sí tiene una responsabilidad especial sobre el punto de partida.

Porque una palabra puede convertirse en una frase. Una frase en un artículo. Un artículo en una noticia. Una noticia en una creencia colectiva.

Y cuando esa creencia afecta a personas reales y a sus familias, el rigor y la prudencia dejan de ser únicamente virtudes académicas para convertirse en una obligación moral.

Al terminar la película comprendí que el mayor enemigo de la verdad no siempre es el silencio:

A veces son las palabras cuando dejan de escuchar a los documentos.

Y quizá por eso sigo defendiendo la memoria de mi padre. No para convertirlo en un héroe. No para pedir una historia escrita a medida de mi familia. Sino para recordar algo que considero esencial:

Quien contribuye a construir un relato sobre una persona real asume también una parte de la responsabilidad sobre las consecuencias que ese relato pueda tener en la vida de los demás.

Porque, antes que personajes de una historia, todos fueron seres humanos.

Epílogo;

"Quizá nunca consiga cambiar todos los relatos que se han escrito sobre mi padre. Pero mientras me queden fuerzas, procuraré que los documentos también tengan derecho a contar su versión de la historia."

(*) Ficha de la película (según Wikipedia):

Título en España: La conspiración del silencio

Título original: Im Labyrinth des Schweigens ("En el laberinto del silencio").

País: Alemania.

Año de producción: 2014.

Director: Giulio Ricciarelli.

Guion: Giulio Ricciarelli y Elisabeth Bartel.

Género: Drama histórico y judicial basado en hechos reales.

Duración: aproximadamente 122-123 minutos.

¿En qué hechos reales se basa?

La película se sitúa en la Alemania de finales de los años cincuenta y relata las investigaciones que desembocaron en los llamados Juicios de Auschwitz de Fráncfort, fundamentales para sacar a la luz los crímenes cometidos en el campo de exterminio de Auschwitz y para afrontar el pasado nazi en la Alemania de posguerra.

El protagonista, Johann Radmann, es un personaje ficticio, aunque inspirado en varios fiscales reales. En cambio, figuras como Fritz Bauer y Thomas Gnielka existieron realmente y desempeñaron un papel decisivo en aquellas investigaciones.

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