DE LA ILUSIÓN AL BLINDAJE
(Crónica de un cuatrimestre que no fue académico, sino estratégico)
Hay textos que, leídos de manera aislada, parecen inofensivos. Incluso cordiales. Pero cuando se leen en secuencia, cuando se les permite dialogar entre sí, revelan algo muy distinto: no una reflexión, sino una arquitectura; no una evolución, sino una estrategia.
Eso
ocurre con las dos entradas publicadas por Juan Antonio Ríos
Carratalá en su blog Varietés
y República:
"Un
cuatrimestre ilusionante"
(30 de agosto de 2025) y "Un
cuatrimestre de objetivos cumplidos"
(31 de diciembre de 2025).
No son textos sueltos. Son los dos actos de una misma puesta en escena.

1. El arranque: ilusión cuidadosamente dosificada
En la primera entrada, el tono es amable, casi entrañable. El verano se despide "sin necesidad de que nos lo recuerde el Dúo Dinámico" y el nuevo curso se anuncia como un tiempo fértil, lleno de proyectos, energía y vocación académica.
Nada perturba ese clima. No hay conflictos, no hay controversias, no hay memoria incómoda. Todo fluye con la serenidad de quien se sabe a salvo.
Las cuestiones delicadas —las relacionadas con la memoria— se posponen con elegancia para un futuro blog "que ilusiona especialmente". La memoria, así presentada, no interpela: se administra. Se convierte en un proyecto más, convenientemente calendarizado.
Mientras tanto, se acumulan actividades, artículos, congresos, jóvenes investigadores "solidarios" y nuevas publicaciones. La enumeración funciona como un argumento en sí misma: la cantidad sustituye al análisis, y el movimiento permanente disimula cualquier pausa reflexiva.
2. Productividad como virtud moral
La hiperactividad intelectual se presenta como prueba de legitimidad. Quien produce tanto —parece decirnos el texto— no puede estar equivocado. O, al menos, no debería ser cuestionado.
Pero cuando la productividad sustituye al rigor, deja de ser mérito para convertirse en coartada. Especialmente cuando se confunden investigación, divulgación y opinión personal, y cuando esa mezcla se utiliza para construir relatos que afectan al honor de personas concretas, ya fallecidas, sin posibilidad de réplica.
La investigación, entonces, no indaga: decora.
3. El silencio como forma de gobierno
Lo
más elocuente del primer texto es lo que omite.
Ni una palabra
sobre las objeciones documentadas.
Ni una línea sobre el daño
causado.
Ni un gesto de duda.
No se trata de desconocimiento. Se trata de control del relato.
Y ese control se vuelve plenamente visible en la segunda entrada.
4. El cierre del círculo
("Un cuatrimestre de objetivos cumplidos", 31 de diciembre de 2025)
La segunda entrega se abre con un símbolo inequívoco: el sello de calidad FECYT, ampliado, visible, casi ceremonial. No es información; es blindaje. Un gesto destinado a recordar al lector que aquí habla alguien legitimado, certificado, avalado.
Conviene recordar, además, que no es la primera vez que trabajos avalados con sellos de calidad han servido para difundir afirmaciones falsas sobre personas concretas, reescribiendo sus trayectorias vitales conforme a una narrativa ideológica previamente decidida.
Todo ha salido bien. Los objetivos se han cumplido. La trilogía —antes trilogía— ahora es tetralogía. La maquinaria no se detiene.
Y, sin embargo, es precisamente aquí donde aparece la grieta.
Porque entre los trabajos celebrados figura Nos vemos en Chicote, una obra en la que se atribuyen hechos falsos a personas fallecidas, incorporándolas a un supuesto engranaje represivo que nunca existió. No estamos ante una interpretación discutible, sino ante una construcción errónea sostenida pese a haber sido señalada y documentada como tal.
Lejos de corregir, se persevera. Se publica más. Se exhibe más. Se legitima más.
5. El doble rasero: engranajes ajenos y propios
Resulta llamativo que quien habla con tanta ligereza de "engranajes" ajenos —llegando incluso a incluir falsamente en ellos a mi padre— no aplique el mismo criterio a su propio entorno.
Porque si existe un engranaje que merezca una reflexión honesta, es el que opera dentro de la propia universidad: redes de influencia, legitimaciones cruzadas, trayectorias que se consolidan no siempre por excelencia contrastada, sino por cercanía, afinidad ideológica o pertenencia al mismo ecosistema académico.
Que
su hijo sea talentoso no está en cuestión.
Pero ser
progresista no convierte automáticamente en ajeno al privilegio, ni
exime de examinar con el mismo rigor los vínculos propios que se
exigen a los demás. La ejemplaridad no se proclama: se demuestra, y
sobre todo se somete al mismo escrutinio que se aplica fuera.
Y
aquí aparece una paradoja difícil de ignorar:
los mismos
sellos de calidad
que hoy se exhiben como garantía de rigor han amparado también
textos en los que se ha falseado la vida de mi padre, integrándolo
—sin base documental— en un engranaje represivo inexistente (al
menos en lo referente a su persona).
Textos avalados institucionalmente, difundidos sin contraste, y
utilizados para fijar una versión ideológica de los hechos.
De
modo que el problema no es el sello, sino el uso que se hace de
él.
No es la institución, sino la instrumentalización de su
autoridad para legitimar relatos previamente decididos.
Cuando la calidad certificada sirve para reescribir biografías ajenas con fines ideológicos, deja de ser garantía y se convierte en coartada.
6. Dignidad, jubilación y magisterio perpetuo
Cuando se invoca la "dignidad" para justificar la no jubilación, el argumento roza lo paradójico. Más aún cuando se reúnen desde hace años los requisitos para hacerlo.
Cabe preguntarse si no se trata, más bien, de preservar una posición desde la que seguir ejerciendo influencia, dictando cátedra moral y ofreciendo —como se vio incluso en sede judicial— lecciones destinadas a justificar lo injustificable.
La producción constante, casi mecánica, recuerda más a una cadena de montaje que a una reflexión pausada. Una maquinaria editorial donde el ritmo sustituye al escrúpulo.
7. Epílogo: cuando la autoridad suplanta a la verdad
Leídas conjuntamente, estas dos entradas no describen un cuatrimestre académico. Describen una estrategia de autopreservación.
No
hay rectificación.
No hay escucha.
No hay reparación.
Solo una narrativa cuidadosamente construida para mantener intacta una posición de autoridad mientras se diluye, por saturación, la voz de quien fue injustamente señalado.
Pero
los archivos permanecen.
Los documentos hablan.
Y la verdad
—por mucho que se intente amortiguar bajo capas de prestigio— no
se diluye con el tiempo.
Porque
hay algo que ni los sellos, ni los cargos, ni las publicaciones en
serie pueden garantizar:
la
razón moral de quien ha dicho la verdad cuando resultaba incómodo
hacerlo.