CUANDO LA HISTORIA SE CONVIERTE EN TRINCHERA

23.01.2026

 Memoria selectiva, sectarismo y guerra civil permanente en Varietés y República (2019-2025)

Recordar a las víctimas es un deber moral.
Convertir la memoria en un reparto ideológico de buenos y malos heredados es otra cosa muy distinta.


Entre la investigación histórica y la militancia simbólica existe una frontera clara. Este artículo examina qué ocurre cuando esa frontera se cruza.

 1. El problema no es la memoria, sino su instrumentalización

La memoria histórica puede ser búsqueda de verdad, acto de justicia o puente hacia la convivencia.
Pero también puede convertirse en un instrumento de poder simbólico, donde el pasado deja de investigarse para servir a un relato previamente decidido.

El presente análisis no pretende negar la represión ni relativizar el sufrimiento, sino examinar el marco narrativo utilizado en el blog Varietés y República entre 2019 y 2025, de Juan Antonio Ríos Carratalá, catedrático de Literatura Española de la Universidad de Alicante, a partir de entradas concretas, citas literales y enlaces verificables.

Lo que emerge no es un énfasis ocasional, sino un patrón sostenido.

2. Un patrón reconocible: víctimas oficiales y culpables predeterminados

A lo largo del periodo analizado se repite una estructura clara:

  • un tipo de víctima privilegiada, asociada casi exclusivamente al bando republicano o a la represión franquista

  • un tipo de culpable estructural, asociado a los vencedores, al franquismo o a los llamados "engranajes"

  • una ausencia práctica de simetría moral en el reconocimiento del dolor

El sufrimiento parece requerir credencial ideológica para ser plenamente reconocido.
La memoria se organiza como una jerarquía del dolor, no como un espacio de humanidad compartida.

3. De la historia compleja al esquema moral binario

En varias entradas el pasado se presenta como un conflicto entre "victimarios y víctimas", una fórmula eficaz para ahorrar complejidad:

  • unos quedan moralmente exculpados de antemano

  • otros cargan con la culpa por definición

  • la investigación queda subordinada al veredicto previo

La historia deja de ser un campo de preguntas y se convierte en un tribunal con sentencia anticipada.

Primero se decide quiénes son los buenos y los malos; después se buscan los argumentos que lo confirmen.

4. Ganar como culpa, perder como virtud

Otro rasgo constante es la moralización del resultado histórico:

  • vencer se transforma en culpa estructural

  • ser derrotado se convierte en credencial moral automática

La victoria se trata como delito retrospectivo;
la derrota, como garantía simbólica de inocencia.

La responsabilidad individual, los contextos reales y las trayectorias personales quedan subordinados a un maniqueísmo cómodo:
ganador = sospechoso
perdedor = virtuoso

Eso no es análisis histórico: es catecismo retrospectivo.

5. Cuando la concordia se vuelve sospechosa

Cualquier intento de reconocer el dolor en ambos lados aparece con frecuencia como:

  • "equidistancia"

  • "blanqueamiento"

  • "amenaza moral"

El mensaje implícito es claro:
la memoria es legítima solo si confirma un reparto previo de inocentes y culpables.

El sufrimiento compartido resulta incómodo;
la concordia, ideológicamente peligrosa;
la complejidad, prescindible.

6. Lenguaje de trinchera con envoltorio académico

El uso reiterado de términos como "franquistas", "rojos", "represores", "engranajes" o "victimarios" funciona menos como herramienta analítica y más como lenguaje de bando.

Ese lenguaje no solo describe el pasado:
lo prolonga en el presente.

Cuando el historiador adopta la retórica de la trinchera, deja de ser intérprete del pasado y pasa a ser combatiente cultural.
La toga académica puede ser impecable; el casco ideológico, evidente.

7. El equilibrio aparente: concesiones que no cambian nada

En ocasiones se reconoce que hubo abusos en el otro bando.
Pero esas referencias funcionan como notas al pie, no como revisión real del esquema interpretativo.

El edificio no se mueve:
los buenos siguen siendo buenos,
los malos siguen siendo malos,
y el reparto moral ya estaba decidido antes de abrir los archivos.

Eso no es equilibrio.
Es decoración de imparcialidad.

8. Cuando la narrativa alcanza a personas reales

El problema deja de ser teórico cuando este marco se proyecta sobre biografías concretas, convirtiendo personas reales en personajes funcionales de un relato ideológico.

Ya no se trata de comprender una vida, sino de hacerla encajar en un guion.
La historia se vuelve casting:
alguien debe interpretar al verdugo,
alguien debe interpretar a la víctima,
aunque los documentos digan otra cosa.

Ahí la frontera entre investigación y propaganda se vuelve peligrosamente fina.

9. El coste cultural: heredar la guerra

Un relato basado en culpas heredadas, identidades morales fijas y bandos eternos no ayuda a comprender la Guerra Civil:
la prolonga, la actualiza y la hereda a generaciones que no la vivieron.

Se logra así una paradoja inquietante:
convertir un conflicto histórico cerrado en un estado mental permanente.

No se cierran heridas:
se administran.

10. Conclusión: cuando la historia deja de incomodar

La historia auténtica suele ser incómoda, contradictoria y resistente a los esquemas simples.
Cuando el pasado encaja demasiado bien en una ideología, conviene sospechar.

Porque una cosa es recordar a las víctimas.
Y otra muy distinta es utilizar el pasado como arma moral para ganar el presente.

La memoria pierde credibilidad cuando se convierte en tribunal con sentencia previa.
Y la historia deja de buscar la verdad cuando solo sirve para confirmar convicciones.