CUANDO LA HISTORIA SE CONVIERTE EN TRINCHERA
Memoria selectiva, sectarismo y guerra civil permanente en Varietés y República (2019-2025)
Recordar a las víctimas es un deber moral.
Convertir la
memoria en un reparto ideológico de buenos y malos heredados
es otra cosa muy distinta.
Entre la investigación histórica y
la militancia simbólica existe una frontera clara. Este artículo
examina qué ocurre cuando esa frontera se cruza.

1. El problema no es la memoria, sino su instrumentalización
La memoria histórica puede ser búsqueda de verdad,
acto de justicia o puente hacia la
convivencia.
Pero también puede convertirse en un
instrumento de poder simbólico, donde el pasado
deja de investigarse para servir a un relato previamente
decidido.
El presente análisis no pretende negar la represión ni relativizar el sufrimiento, sino examinar el marco narrativo utilizado en el blog Varietés y República entre 2019 y 2025, de Juan Antonio Ríos Carratalá, catedrático de Literatura Española de la Universidad de Alicante, a partir de entradas concretas, citas literales y enlaces verificables.
Lo que emerge no es un énfasis ocasional, sino un patrón sostenido.
2. Un patrón reconocible: víctimas oficiales y culpables predeterminados
A lo largo del periodo analizado se repite una estructura clara:
un tipo de víctima privilegiada, asociada casi exclusivamente al bando republicano o a la represión franquista
un tipo de culpable estructural, asociado a los vencedores, al franquismo o a los llamados "engranajes"
una ausencia práctica de simetría moral en el reconocimiento del dolor
El sufrimiento parece requerir credencial ideológica
para ser plenamente reconocido.
La memoria se organiza como una
jerarquía del dolor, no como un espacio de
humanidad compartida.
3. De la historia compleja al esquema moral binario
En varias entradas el pasado se presenta como un conflicto entre "victimarios y víctimas", una fórmula eficaz para ahorrar complejidad:
unos quedan moralmente exculpados de antemano
otros cargan con la culpa por definición
la investigación queda subordinada al veredicto previo
La historia deja de ser un campo de preguntas y se convierte en un tribunal con sentencia anticipada.
Primero se decide quiénes son los buenos y los malos; después se buscan los argumentos que lo confirmen.
4. Ganar como culpa, perder como virtud
Otro rasgo constante es la moralización del resultado histórico:
vencer se transforma en culpa estructural
ser derrotado se convierte en credencial moral automática
La victoria se trata como delito retrospectivo;
la derrota,
como garantía simbólica de inocencia.
La responsabilidad individual, los contextos reales y las
trayectorias personales quedan subordinados a un maniqueísmo
cómodo:
ganador = sospechoso
perdedor = virtuoso
Eso no es análisis histórico: es catecismo retrospectivo.
5. Cuando la concordia se vuelve sospechosa
Cualquier intento de reconocer el dolor en ambos lados aparece con frecuencia como:
"equidistancia"
"blanqueamiento"
"amenaza moral"
El mensaje implícito es claro:
la memoria es legítima solo
si confirma un reparto previo de inocentes y culpables.
El sufrimiento compartido resulta incómodo;
la concordia,
ideológicamente peligrosa;
la complejidad, prescindible.
6. Lenguaje de trinchera con envoltorio académico
El uso reiterado de términos como "franquistas", "rojos", "represores", "engranajes" o "victimarios" funciona menos como herramienta analítica y más como lenguaje de bando.
Ese lenguaje no solo describe el pasado:
lo prolonga
en el presente.
Cuando el historiador adopta la retórica de la trinchera, deja de
ser intérprete del pasado y pasa a ser combatiente
cultural.
La toga académica puede ser impecable; el
casco ideológico, evidente.
7. El equilibrio aparente: concesiones que no cambian nada
En ocasiones se reconoce que hubo abusos en el otro bando.
Pero
esas referencias funcionan como notas al pie, no
como revisión real del esquema interpretativo.
El edificio no se mueve:
los buenos siguen siendo buenos,
los
malos siguen siendo malos,
y el reparto moral ya estaba decidido
antes de abrir los archivos.
Eso no es equilibrio.
Es decoración de
imparcialidad.
8. Cuando la narrativa alcanza a personas reales
El problema deja de ser teórico cuando este marco se proyecta sobre biografías concretas, convirtiendo personas reales en personajes funcionales de un relato ideológico.
Ya no se trata de comprender una vida, sino de hacerla
encajar en un guion.
La historia se vuelve
casting:
alguien debe interpretar al verdugo,
alguien debe
interpretar a la víctima,
aunque los documentos digan otra
cosa.
Ahí la frontera entre investigación y propaganda se vuelve peligrosamente fina.
9. El coste cultural: heredar la guerra
Un relato basado en culpas heredadas, identidades morales
fijas y bandos eternos no ayuda a comprender la Guerra
Civil:
la prolonga, la actualiza
y la hereda a generaciones que no la vivieron.
Se logra así una paradoja inquietante:
convertir un
conflicto histórico cerrado en un estado mental permanente.
No se cierran heridas:
se administran.
10. Conclusión: cuando la historia deja de incomodar
La historia auténtica suele ser incómoda, contradictoria y
resistente a los esquemas simples.
Cuando el pasado encaja
demasiado bien en una ideología, conviene
sospechar.
Porque una cosa es recordar a las víctimas.
Y
otra muy distinta es utilizar el pasado como arma moral para
ganar el presente.
La memoria pierde credibilidad cuando se convierte en tribunal
con sentencia previa.
Y la historia deja de buscar la
verdad cuando solo sirve para confirmar convicciones.