CUANDO EL APLAUSO SUSTITUYE A LOS HECHOS (IV)

16.01.2026

Del aplauso acrítico al daño: falsedad, victimismo y desprecio institucional

En la entrega anterior vimos cómo, a partir de marzo de 2025, se organiza un aplauso sostenido en torno a una versión única del conflicto. En esta cuarta parte conviene observar qué ocurre cuando ese aplauso deja de ser retórico y empieza a producir efectos: persistencia en falsedades, victimismo reiterado, deslegitimación de la Justicia y cruce de límites personales.

No se trata de discrepancias de opinión. Se trata de daños concretos que se prolongan en el tiempo.

 1. Del cierre de filas ideológico al rechazo de la sentencia

El 18 de marzo de 2025 se produce un salto cualitativo: la reacción deja de ser meramente académica o mediática y adopta un tono político explícito. El rechazo de la sentencia condenatoria de Cádiz se formula sin entrar en su contenido, sin analizar hechos ni fundamentos, y sin atender a la naturaleza real del conflicto.

Aquí el aplauso se transforma en deslegitimación: la resolución judicial es aceptable solo si confirma el relato previo; si lo contradice, pasa a ser "injusta", "demencial" o producto de una persecución. El razonamiento desaparece; queda el alineamiento.

2. El victimismo reiterado como sustituto de la responsabilidad

A lo largo de marzo y los meses siguientes se repite una idea: el autor sería víctima de insultos, descalificaciones y ataques personales. Este marco emocional se amplifica por distintas voces y se presenta como explicación suficiente del conflicto.

Lo que no se menciona es lo esencial: el conflicto no nace de las críticas, sino de afirmaciones falsas atribuidas a personas reales y de la negativa a rectificarlas cuando se solicitó de forma limitada y razonada. El victimismo desplaza el foco desde la responsabilidad hacia el agravio percibido, sin reparar el daño causado ni explicar su origen.

3. La persistencia en falsedades concretas

En este punto el aplauso deja de ser genérico y se vuelve especialmente grave. Se reiteran afirmaciones falsas —ya desmentidas documentalmente— sobre la participación de mi padre en el proceso de Miguel Hernández, tal y como ha dicho Ríos. No se aportan fuentes nuevas; se repite el error como si la reiteración pudiera convertirlo en verdad.

Esta persistencia prolonga el daño: no solo mantiene una falsedad, sino que la normaliza dentro del coro. Ya no hablamos de interpretación, sino de atribución errónea de hechos a una persona fallecida y de sus consecuencias familiares.

4. Cuando la Justicia deja de gustar

Otra deriva clara es el desprecio abierto a la Justicia. Calificar una sentencia de "demencial" o expresar "asco de Justicia" sin conocer el detalle de la causa ni sus fundamentos revela un criterio inquietante: la Justicia es válida solo cuando confirma la posición propia.

Este desprecio no nace del análisis jurídico, sino del desacuerdo con el resultado. Así, el aplauso acrítico termina erosionando la confianza institucional y reforzando un relato en el que cualquier límite legal se presenta como censura o autoritarismo.

5. Cuando el eco cruza límites personales

El último paso del proceso es el cruce de límites. La utilización de una imagen cuya difusión está prohibida, o la reiteración de contenidos sensibles sin legitimación alguna, muestra cómo el aplauso sin contraste puede derivar en conductas que ya no son solo discursivas.

Aquí el daño deja de ser abstracto. Se vuelve personal, concreto y acumulativo. El eco ya no repite solo palabras: invade ámbitos que deberían estar protegidos.

Conclusión

Lo que comenzó como un aplauso organizado terminó convirtiéndose en una cadena de consecuencias. La adhesión acrítica dio paso al cierre de filas; el cierre de filas, a la persistencia en falsedades; y esta, al desprecio de la Justicia y al cruce de límites personales.

Este recorrido demuestra que el conflicto no es opinable ni ideológico. Es factual. Y cuando los hechos se sustituyen por consignas, la memoria deja de ser una herramienta de verdad para convertirse en coartada.

La responsabilidad no desaparece porque haya aplausos. Al contrario: se vuelve más exigible cuando el daño se prolonga en el tiempo y se reproduce sin contraste.

EPÍLOGO GENERAL 

El aplauso como coartada

Antes de que en 2025 se multiplicaran los apoyos públicos, manifiestos, adhesiones mediáticas y cierres de filas en torno a Juan Antonio Ríos Carratalá, ya hubo una toma de posición colectiva que recibió respuesta razonada. A quienes apoyaron el manifiesto de la Asociación de Historia Contemporánea, respondí en su momento con dos entradas publicadas en mi blog:

  • 12 de octubre de 2025"Panfletos, omisiones y trilerismo académico"

  • 13 de octubre de 2025"Cuando el rigor se convierte en silencio. Lectura irónica de un panfleto académico"

Aquellos textos no fueron rebatidos con documentos ni contrastados con hechos. Simplemente quedaron al margen. Y, pese a ello, en 2025 el aplauso continuó como si nada se hubiera contestado y como si el conflicto careciera de origen y de naturaleza concreta.

Esta serie de cuatro entradas no nace del afán de polemizar, sino de la necesidad de explicar por qué se dice lo que se dice. A lo largo de ellas se ha mostrado cómo distintas personas han intervenido reiteradamente sin conocer qué se solicitó inicialmente, cómo se actuó ante esas solicitudes ni qué afirmaciones falsas dieron origen al proceso judicial. Entre esas intervenciones figuran apoyos académicos y corporativos (como los de Quique Hervés o Martín González), amplificaciones mediáticas y elogios bibliográficos (como los de Paz Galache), rechazos políticos de una sentencia sin análisis jurídico previo (como el de David Becerra), reiteraciones del victimismo personal (por ejemplo, Ángel Luis López o Franziska Bertram), así como persistencias en falsedades concretas y deslegitimaciones abiertas de la Justicia (como las de José Blasco o Pepa Cárcel). A ello se suma la recurrencia de voces que repiten el mismo guion en distintas fechas y formatos, como Martín González Eduardo, y otros apoyos afines.

Las Partes I y II analizaron el aplauso personal y en redes; la Parte III explicó cómo se organiza ese aplauso (entrada matriz, manifiestos, lemas vacíos y prestigio como escudo); y la Parte IV mostró las consecuencias: persistencia en falsedades, victimismo reiterado, desprecio institucional y cruce de límites personales.

Mencionar a quienes intervinieron no busca personalizar el conflicto, sino dar contexto y claridad. No se trata de opiniones diversas, sino de intervenciones que reproducen una versión única, falsa y no contrastada, ignorando tanto los antecedentes como las respuestas ya publicadas. El problema no es apoyar; el problema es apoyar sin conocer la causa, sin verificar los hechos y sin asumir el daño causado a terceros.

Este epílogo no pretende cerrar un debate, sino dejar constancia. Cuando el aplauso sustituye al contraste, la memoria deja de ser una herramienta de verdad y se convierte en coartada. Sin hechos contrastados, sin rectificación de lo falso y sin responsabilidad por el daño prolongado, no hay investigación que salvar ni memoria que honrar.

NOTA FINAL DE AUTOR

Este conjunto de entradas se publica por responsabilidad cívica y personal. No cuestiona la investigación histórica ni la libertad académica; cuestiona la difusión de afirmaciones falsas, la negativa a rectificarlas y el aplauso acrítico que las perpetúa. Todo lo aquí expuesto se apoya en hechos, documentos y respuestas previas ya publicadas.