¿EXCOMBATIENTE?
¿Excombatiente?
Cuando una palabra cambia una vida
Lunes 1 de junio de 2026
Hay palabras que parecen inocentes. Una sola palabra puede pasar desapercibida para la mayoría de los lectores. Sin embargo, cuando se coloca en el contexto adecuado, tiene la capacidad de transformar una biografía completa.
Eso ocurre con el término «excombatiente».
A primera vista parece una simple descripción. Pero cuando se utiliza para referirse a Antonio Luis Baena Tocón, la palabra transmite una imagen muy concreta: la de un hombre que participó activamente en la Guerra Civil, integrado en el ejército vencedor y vinculado de forma natural al franquismo.
El problema es que la realidad fue bastante más compleja.

Estrategia discursiva
Uno de los mecanismos más frecuentes en determinados relatos históricos consiste en seleccionar una palabra técnicamente posible, pero cargada de connotaciones, para provocar en el lector una determinada impresión.
La cuestión no reside únicamente en el empleo del término «excombatiente», que puede aparecer en determinados documentos administrativos o militares de la época con significados amplios. El problema surge cuando esa denominación se interpreta en el sentido más fuerte y sugerente del término, transmitiendo al lector la imagen de una persona que participó activamente en los combates de la Guerra Civil.
Sin embargo, una cosa es figurar administrativamente como militarizado o haber cumplido posteriormente el servicio militar obligatorio, y otra muy distinta haber sido un combatiente activo durante la contienda.
La fuerza narrativa de la etiqueta reside precisamente en que el lector suele asociarla de manera inmediata con la experiencia del combate, con la participación militar durante la guerra y con una determinada identificación ideológica. El resultado es que una trayectoria biográfica compleja acaba resumida en una imagen mucho más simple y fácil de encajar en un relato preconcebido.
Aspectos discutibles
La utilización de ese término plantea varios problemas.
Primero, porque induce a imaginar a una persona que participó activamente en operaciones militares durante la Guerra Civil.
Segundo, porque favorece la identificación automática con el bando vencedor y con la estructura política posterior.
Y tercero, porque simplifica una trayectoria personal marcada por circunstancias extraordinariamente complejas.
La biografía real queda reducida a una sola etiqueta.
Réplica narrativa
Antonio Luis Baena Tocón terminó sus estudios de Derecho en junio de 1936. Había completado la licenciatura que le permitiría ejercer como abogado, aunque los acontecimientos posteriores —el asesinato de su padre, la persecución sufrida, la guerra y el exilio— retrasaron, hasta finalizada la guerra, la normalización de su situación académica y profesional.
Pocas semanas después, su vida cambió de forma dramática.
El 7 de agosto de 1936 fue asesinado su padre, Francisco Baena Jiménez, abogado y secretario del Ayuntamiento de Torrelaguna. La familia quedó destrozada. Su madre, viuda y con cuatro hijos menores de edad (tres estaban en ese momento con ella), fue obligada a trasladarse a Munera (Albacete). Allí la familia quedó dispersada y alojada en distintos hogares, una situación impuesta por las circunstancias y muy alejada de cualquier decisión libre.
Antonio Luis, que se encontraba en Madrid, recibió advertencias para que no regresara a Torrelaguna. El peligro era evidente. No se trataba de una simple incomodidad derivada de la guerra, sino de una auténtica amenaza para su integridad física.
A partir de ese momento dejó de ser simplemente un joven licenciado en Derecho que preparaba oposiciones.
Se convirtió en una persona que intentaba sobrevivir.
Fue detenido en diversas ocasiones. Tuvo que ocultarse y buscar ayuda para poder desenvolverse en un entorno cada vez más hostil. Entre las personas que le prestaron apoyo figuró Concepción del Rosal, hija del teniente coronel Del Rosal, cuya columna había ocupado Torrelaguna. También recibió la ayuda del prestigioso jurista Luis Jiménez de Asúa, catedrático de Derecho Penal, diputado socialista durante la Segunda República y antiguo colega profesional de su padre, que mostró su indignación ante la situación que estaba viviendo aquel joven recién licenciado.
Las circunstancias terminaron conduciéndolo al refugio en la Embajada de Chile en Madrid y posteriormente al exilio en Marsella, desde donde mantuvo el contacto con su familia mediante cartas redactadas bajo seudónimo para evitar riesgos innecesarios.
Nada de eso encaja precisamente con la imagen convencional que suele evocar la palabra «excombatiente».
De hecho, durante la Guerra Civil no perteneció a ningún ejército como combatiente activo.
No participó en frentes de batalla.
No dirigió unidades militares.
No desarrolló una carrera militar durante la contienda.
Combatir no combatió. Defender su vida y resistir una situación límite, sin duda sí.
Cuando regresó a España, a punto de finalizar la guerra, tuvo que someterse a interrogatorios para justificar dónde había estado, qué había hecho y cómo había sobrevivido durante aquellos años. Fue entonces cuando se le comunicó que tenía pendiente el cumplimiento del servicio militar obligatorio.
Y sólo existía un ejército...
Por esa razón fue incorporado al servicio militar en atención a su condición de licenciado en Derecho y destinado posteriormente al Cuerpo Jurídico Militar. Su presencia en dicho ámbito no fue consecuencia de una vocación militar previa ni de una participación en los combates, sino de las circunstancias personales y legales derivadas del final de la guerra.
Finalizado el servicio militar, Antonio Luis Baena Tocón pudo haber continuado su trayectoria dentro del ámbito militar como oficial jurídico. Sin embargo, optó por abandonarlo e incorporarse a la Administración Local mediante oposición. La experiencia vivida durante aquellos años no había resultado especialmente grata y prefirió orientar toda su vida profesional hacia la función civil, donde desarrolló el resto de su carrera hasta su jubilación.
Sin embargo, cuando toda esta compleja trayectoria se resume en una sola palabra, el lector deja de ver al joven perseguido, al huérfano, al refugiado, al exiliado o al estudiante que tuvo que reconstruir su vida desde cero.
Lo que ve es otra cosa.
Ve a un «excombatiente».
Y ahí es donde las palabras dejan de describir una realidad para empezar a construir un personaje.
Reflexión final
La cuestión no es discutir una palabra aislada.
La cuestión es preguntarse qué ocurre cuando una palabra sustituye a una biografía.
Porque una cosa es resumir una vida.
Y otra muy distinta convertir una vida compleja en una caricatura útil para sostener un determinado relato.
Antonio Luis Baena Tocón fue muchas cosas a lo largo de su vida: estudiante, abogado, hijo de una víctima de la violencia política, refugiado, exiliado, militarizado por obligación legal, funcionario y servidor público durante décadas.
Reducir toda esa trayectoria a una única etiqueta o algunas etiquetas interesadas puede resultar cómodo para un relato, pero difícilmente hace justicia a la realidad.